#VocesDeLaEscasez

Episodio 3: Yolanda Lozada

En Venezuela, las personas mayores temen morir de mengua, debido a la sensibilidad de su edad y a la hostilidad del entorno, la deficiencia de los servicios públicos y la zozobra permanente a la que son sometidos. Yolanda, de 60 años de edad, era una mujer sana y fuerte de salud, hasta que la ingesta de una comida mal manipulada le generó una enfermedad bacteriana que destruyó su sistema digestivo y le llevó a vivir frecuentes síndromes diarreicos hace cuatro años.

Yolanda Lozada es una mujer de temple. Accedió a entrevistarse a pesar de la vergüenza que le da confesar sus trastornos estomacales y sus consecuencias. Sin embargo, fue más fuerte su deseo de desahogarse y denunciar su día a día en un país en Emergencia Humanitaria Compleja.

Nos recibió en su casa, un apartamento en la urbanización de El Paraíso en Caracas, en el que vive con su esposo, su madre, sus dos hijos y la pareja del mayor de ellos. Su realidad la describe como de una familia de clase media, batallando contra la crisis económica, política y social.

Antes de llegar al edificio, a eso de las seis y media de la tarde, un grupo de cuatro jóvenes aguardaba frente a la puerta. A esa hora la conserje sacaba las bolsas de la basura. Para ellos, era el momento de hurgar e incluso comer cualquier sobra que valiese la pena. Junto a la demoledora escena, algunas personas caminaban a paso rápido, con alguna bolsa de alimentos recién adquirida en los establecimientos cercanos. Mucha gente caminaba, los pocos autobuses que cumplen la ruta Capitolio – Antímano o Bellas Artes – Antímano estaban a rebosar de personas. Incluso dos jóvenes «guindaban» de la puerta.

 Nos conduce a una salita en la entrada del apartamento. La decoración es elegante, de cristales, misma paleta cromática y pocos elementos. El apartamento da un aire de resistencia: Mientras afuera todo colapsa, se destruye y las calles se ven cada vez más descuidadas y llenas de basura, en la casa de Yolanda el tiempo pareció detenerse, como si de un templo sagrado se tratase. Mira su casa con orgullo y sonríe, con timidez, ordenando sus ideas para empezar.

Confiesa que le da temor hablar, pero tiene muchas ganas de desahogarse, puesto que la presión del día a día y tener que resolver cada cosa en plena crisis ha reducido sus espacios. Una escasez permanente y el encarecimiento de alimentos y medicinas son de sus mayores angustias. La guinda del pastel está en el deficiente acceso al suministro de agua potable y la inestabilidad del servicio eléctrico. Acepta vivir con estrés constante y un miedo profundo a que la inseguridad y los embates más dolorosos de una crisis que aún no parece mostrar su peor cara, afecten a su núcleo familiar.

La rutina a la que se ve obligada diariamente le consume. A pesar de tratar de evitar las noticias y contar con su esposo y un vehículo propio, confiesa sentirse amargamente deprimida por todo lo que pasa.

Se encontraba en una zona cercana a Maracaibo, el pueblo de la familia de su esposo, por un viaje inesperado debido al fallecimiento de uno de sus cuñados. Toda la familia había acudido, lo cual dificultaba el preparar comida para todos. Se encargó comida para almorzar, pero según Yolanda, esta no parecía estar bien manipulada.

“La comí y como a las 6 horas me empezaron unos cólicos muy fuertes, me dio una diarrea que no hubo manera de parar de ninguna forma. Aquello fue horrible”. Después de que me vine de allá, tuve que ir al médico, me hicieron una endoscopia, ahí me diagnosticaron que tenía una bacteria que había contraído por la comida mal manipulada que se llama Helicobacter Pylori y me mandaron un tratamiento súper costoso de puros antibióticos”.

La Helicobacter Pylori, la bacteria del estómago, como también se le conoce, es una bacteria en forma de espiral que afecta al estómago y puede generar dolor abdominal, hinchazón, diarreas, etc. Antes del episodio, Yolanda, ya sufría de gastritis e inflamación del colon, aunque sabía controlarse.

La ingesta de algo que parecía un pasticho le resultó desagradable desde el primer bocado. Sin embargo, cree que el verdadero culpable detrás de la infección sea el pésimo servicio de agua potable que ya afectada a varias localidades del estado Zulia y otras regiones para ese momento.

“Todo el tiempo el agua la almacenan en unas cuestiones que se llaman pipas y me imagino que con esa agua es que hacen las comidas, friegan los platos, todo (…) los ingredientes de la comida tampoco es que están tan económicos que se diga. Me imagino que les cuesta mucho y buscan la manera de hacerla al menor costo. Para sacarle un poquito más de dinero para poder subsistir en este desastre que tenemos encima, porque cada vez estamos peor”

Ya en Caracas tuvo que hacer lo posible por iniciar el tratamiento, a pesar de que los antibióticos brillan por su ausencia o, bien, tienen un alto costo desde hace varios años. Los síndromes diarreicos e infecciones del sistema digestivo se tratan adecuadamente con ese tipo de medicinas, pero también los tratamientos incluyen protectores gástricos, antiflatulentos, antiespamódicos, entre otros.

Para la medición del Índice de Escasez de Medicamentos que Convite, realiza en ocho ciudades de Venezuela, se diseñó una canasta básica de medicamentos prescritos para tratar diarreas, que consta de cuatro principios activos en nueve presentaciones, dosis y combinaciones distintas[1]. Durante la segunda medición del ÍEM realizada en el mes de julio, la escasez agregada nacional de medicamentos antidiarreicos se ubicó en 81,5%.

[1] Ciprofloxacina 500 mg, Ciprofloxacina 750 mg, Ciprofloxacina 1000 mg, Ciprofloxacina 1000 mg XR, Trimetoprim – sulfametoxazol 80/400 mg, Trimetoprim – sulfametoxazol 160/800 mg, Trimetoprim – sulfametoxazol suspensión 40/200 mg, Metronidazol 500 mg, Metronidazol 250 mg.

Los trastornos gastrointestinales son una de las principales causas de la diarrea, cada vez más frecuente en el país y con una incidencia mortal en niños menores de cinco años, quienes a veces no resisten a la deshidratación y descompensación que genera el síndrome.

En el caso de Yolanda, el tratamiento era prolongado y estricto. Implicaba también una dieta sana, alta en fibra y en frutas costosas. Además, su médico tratante le aseguró que esa bacteria podía acompañarla de por vida, puesto que a pesar de tratarse, podía volver a atacar su organismo en cualquier momento.

Confiesa que él se vio tentado a cruzar la frontera, luego de no conseguir las medicinas, ni siquiera en las cadenas privadas de farmacias más populares. 

“Bueno, tuve que pedir ayuda porque son tan costosos (los medicamentos) que no puedo cubrir los que se consiguen. La escasez es muy grande y lo poquito que hay cuesta mucho dinero. Recurro a que me ayuden en mi trabajo; mi jefa me ayuda con alguna parte de dinero para conseguirlo, a veces me consigue las mismas medicinas”, confiesa, acotando que también busca apoyo de sus hijos y esposo; para que la ayudasen a conseguir o costear parte de los gastos.

Para el cuidado permanente, el tratamiento le exigía la compra de un medicamento llamado Colypan, necesario para regular el tránsito intestinal, el cual rara vez consigue.

“Colypan, es como un protector que me lo mandan cuando tengo los síntomas y debo tomarme la pastilla 20 minutos antes de comer”. Tiene ya más de cuatro meses sin adquirirlo. Las pastillas que aún tiene, solo las toma cuando el malestar se torna inaguantable. También lo debe tomar su madre de vez en cuando, quien padece de reflujo gastroesfágico e inflamación del colon. No es fácil rendir la medicina solo hasta la última consecuencia del dolor.

“No es fácil ahorita tratar de llevar una dieta de esas para uno recuperarse de haber tomado unos antibióticos tan fuertes, porque eran tan fuertes que hasta me quitaban el sabor de la boca. El olor que despedía por la nariz era horrible (…) Tenía que comprar frutas como, por ejemplo, manzanas, peras. No podía comprar nada de cítricos y esas frutas son las más económicas, como el limón, la piña, pero comprar una manzana ahorita, es que tienes que pagarla con un ojo de la cara porque primero aquí no se hacen las manzanas, entonces tienen que importarlas y uno tiene que pagar quien sabe cuánto por una (…) También debía consumir cereales y avena, que se puso carísima”

Yolanda devenga una pensión que, hasta abril de 2019, solo representaba alrededor de 7 dólares en la tasa cambiaria oficial. Y una manzana, para ese entonces, costaba lo equivalente a uno a dos dólares. Por suerte, no es su único ingreso: Aún trabaja en otra empresa, distinta a la institución bancaria de la que se jubiló, la cual le permite tener ingresos complementarios para subsistir. Sin embargo, confiesa que no le alcanza. Por eso debe apoyarse, para el gasto familiar y el cuidado de seis personas, de los ingresos de su esposo y sus dos hijos.

Sin embargo, Yolanda confiesa sentirse privilegiada, porque hay personas con una situación peor, incluso dentro de su familia extendida.

Aparte de mi grupo, están mis hermanos que también están pasando unos problemas bastante graves con respecto a la comida. Prácticamente tienen una desnutrición encima; no pueden comerse un pedacito de carne y no hay manera de poderlos ayudar. Ellos trabajan, pero tienen salario mínimo que hasta mayo eran solo 40 mil bolívares. ¿Qué vas a hacer con 40 mil bolívares cuando la canasta básica de mayo está en 3 millones de bolívares? No puedes hacer nada. Entonces por eso digo yo que o cometen un genocidio con nosotros o tendremos que suicidarnos todos antes de tiempo”.

Yolanda, aún manteniendo el temple, no duda en manifestar su indignación ante lo que se vive en Venezuela, especialmente si es madre y/o cuidadora de una persona mayor con padecimientos crónicos. Su madre, de 82 años de edad, también sufre de hipertensión, otra de las causas de morbilidad incluidas en la medición del índice de escasez de medicamentos de Convite, y de EPOC (una infección respiratoria crónica llamada Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica) además, en 2018, contrajo una diverticulitis que le impuso una dieta estricta y redujo gran parte de su masa muscular.

El episodio de su madre coincidió con el recrudecimiento de la Emergencia Humanitaria Compleja, reduciendo al máximo la ingesta de proteínas y elevando los niveles de carbohidratos como harinas, pastas y mantequilla. En casa, por las afecciones gastrointestinales de ambas, los granos no pueden consumirse tanto, lo cual es una pena, porque suelen ser una opción rentable para equilibrar la dieta.

Toda esta situación lleva a Yolanda a abrirse sobre su padecimiento más reciente: la depresión.

El otro padecimiento creo que lo tienen todos los venezolanos, que es una fuerte depresión por todos los problemas. Con la crisis y el colapso que tenemos en el país, ¿quién no se va a enfermar? Cuando no hay agua, no hay luz, no se consiguen las medicinas. El hampa nos está matando, tantos problemas, tantas angustias. Estoy sufriendo de una depresión muy fuerte porque cuando no tengo un problema, tengo otro”

Datos del más reciente informe nacional de victimización Vejez en Riesgo de Convite reveló que durante el año 2018, al menos 333 personas mayores murieron en hechos de violencia en Venezuela, de estos, 163 ancianos, fueron asesinados intencionalmente.

Confiesa sentirse frustrada, abrumada y gravemente transgredida por el Estado dice que no le parece justo lo que ocurre día a día. Conteniendo cualquier sensación de dolor o tristeza, Yolanda no llora ni se quiebra. Su voz se torna más fuerte, la impotencia y la indignación está a flor de piel:

“Lo que quieren es cometer un genocidio con nosotros. Y más con los más viejos porque la medicina es cada vez más costosa y la comida más difícil de conseguir. De paso no tenemos agua, nos quitan la luz y nos asaltan en la cola y en todas partes para quitarnos el dinero”.

Sobre su pensión del IVSS Instituto Venezolano de Seguros Sociales por jubilación comenta que “ya ni cuenta saco, cuando me abonan el poquito, nada más se me va en una mantequilla”. Con nostalgia y un evidente cansancio tras la jornada laboral, Yolanda narra que trabaja desde los 17 años de edad y está a punto de cumplir 61.

Su situación le parece injusta, puesto que cree que, después de tanto tiempo trabajando por su país y familia, debería estar en casa tranquila, descansando, haciendo ejercicios, llevando una vida digna. Quizás dedicándose a oficios como la repostería, tejer, tomar fotografías o simplemente visitar a la familia. Sin embargo, se lamenta por no tener la posibilidad de hacer todo lo anhelado porque debe continuar trabajando; pues si no lo hace “se muere de hambre”.

A su edad, la vida parece más un escenario de resignación que de esperanza:

“Me paro temprano para hacer todo lo que tengo que hacer antes de trabajar, llego al trabajo a las 8:30 de la mañana y a la casa a las 6:30 de la tarde para hacer las cosas que tengo que hacer. Descansar un poquito, cenar, esperar que llegue el agua para poder hacer todo en 15 minutos porque eso es lo que nos dan. Y, bueno, acostarme cansada por la jornada del trabajo, por la jornada de recoger agua, por la jornada de todos los oficios que realizo en 15 minutos por el agua y acostarme a revisar noticias, buscando para ver si al fin consigo la noticia que quiero escuchar, que quiere escuchar toda Venezuela y nada que la consigo. Pareciera que esto se fuera a quedar así”.

Los temores de Yolanda, como los de muchos venezolanos, son un conjunto de preocupaciones y malestares que se derivan de la aguda Emergencia Humanitaria Compleja en la que está sumido el país. Sus mayores miedos están, cada día, en los titulares de los diarios: muertes prevenibles, la inseguridad tragándose a la juventud, la migración forzada desmembrando hogares, la economía desplomando cualquier deseo de superación, los hospitales como morgues, los cementerios como bulevares.

“Me siento mal porque nosotros los adultos, los que estamos en una edad avanzada, queremos tener un poquito más de seguridad social. Quisiéramos tener la tranquilidad de poder ir a un sitio y adquirir las medicinas, la atención que necesitamos. Poder tener la tranquilidad de poder ir a cualquier sitio a hacer cualquier cosa y ser respetado como personas mayores que le dimos al país bastante. Creo que nosotros los adultos mayores merecemos tener un poquito más de tranquilidad, de felicidad, de seguridad; después de haber trabajado y haber luchado tanto en la vida”.

El deseo de Yolanda es vivir sus últimos años en armonía, con salud, bienestar y por sobre todo, con dignidad. No quiere ver pasar la última etapa de su vida frente a ella sin haberla aprovechado y disfrutado en un país “normal”, donde las limitaciones no sean una constante, donde su gente pueda progresar, crecer, desarrollarse y no solo dedique todo su ímpetu a la obtención del bocado diario de comida.

Sueña con ser abuela y viajar con su esposo. Adquirir una casa más pequeña y ver a sus hijos casarse y realizar una vida independiente. Darle a su madre años tranquilos y felices. Pero reconoce que bajo esta situación cualquiera de sus aspiraciones parece inalcanzable.

Las personas mayores son víctimas de un Estado indolente, cruel y negligente que busca, a través de la desesperanza aprendida, poner a prueba su temple y fe.

Por donde se mire, los hogares venezolanos están azotados por la incertidumbre y la precariedad. Para Yolanda en el país escasea la vida. Venezuela carece de medicinas, de alimentos, de seguridad social, de paz, de movilidad económica, de valores, de alegrías y de superación.

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