Asistir a los comedores populares es algo rutinario para quienes no tienen para comprar alimentos. La COVID-19 no genera tantas preocupaciones como si lo hace el hambre en la tercera edad, grupo de riesgo en la pandemia.

Venezuela está en la quinta semana de cuarentena. Pero en Ciudad Guayana, esta medida preventiva no evita que ancianos -los más vulnerables ante la pandemia- salgan de sus casas para buscar el único plato de comida que reciben diariamente en los comedores populares.

En el Comedor Popular de San Félix, tanto ancianos como niños pueden esperar más de dos horas bajo el sol por un plato de comida. Antes de las 10:30 de la mañana, hay muchos sentados en las aceras cercanas. Se protegen del sol con la poca sombra que hay cerca.

Cinco hombres están sentados bajo una parada a pocos metros de la entrada del comedor. Cargan con bolsas y envases de plástico para recibir los almuerzos. A modo de mascarillas se pusieron pedazos de tela. Algunos se recuestan de las vigas mientras intentan dormir hasta que sea la hora de almuerzo.

“Es la única comida base diaria”, relata Rafael, quien años atrás era latonero, pero por su avanzada edad tuvo que dejar el oficio. Tiene unos 10 años asistiendo al comedor para alimentarse y ha visto cómo la comida ha desmejorado tanto en calidad como en cantidad.

Escasean las proteínas, como carne y pollo. Casi todo es carbohidratos: pasta, arroz, bollo. ¿Reclamar? No puede. Que les nieguen el alimento podría ser la consecuencia, asegura.

Junto a Rafael está Hesiquio Vénzalez, quien era carpintero hasta que una quemadura en la pierna izquierda afectó parte de las articulaciones y los tendones de sus rodillas. Ninguno de los dos está en la lista, por lo que muchas veces se quedan sin el único alimento del día. “A veces logro comer, pero la mayoría de las veces no, porque pasó entre los últimos”, dice.

Vénzalez tiene tres hijos en el liceo y le ha costado alimentarlos. El suministro de gas es deficiente y la caja del plan gubernamental comités locales de abastecimiento y producción (CLAP) tiene alrededor de dos meses y medio que no llega a su casa. “Ahí es que se pasa hambre, porque no hay dinero”, señala.

Su cuerpo está débil y empeora por las largas caminatas desde su casa, en La Laguna, parroquia Dalla Costa, hasta el comedor. Muchas veces tiene que devolverse sin nada de comida. Considera que los alimentos entregados en el comedor son deficientes, por lo que manifiesta que necesitan una mejor dieta: simplemente no tiene para las tres comidas diarias.

En menos de una hora hay cerca de 300 personas con envases esperando ser atendidas. En ese momento lo indispensable es alimentarse. A pesar de la COVID-19, todos se ponen en el frente del comedor y no guardan distancia, parados en medio del calor.

Marizta Romero Cumana tiene 65 años y vive en Campo Rojo. Empezó a asistir a pie al comedor desde hace seis días porque no tiene comida en su casa. Vendía tetas (bolsas con porciones pequeñas) de azúcar y café, pero los aumentos de los productos no le permitieron seguir con su pequeño negocio.

Señala que quiere trabajar como en algún momento lo hizo: lavando ropa y cumpliendo otros quehaceres hogareños que le permitían recibir alimentos a cambio, pero salir tan temprano de su comunidad a las casas donde prestaba servicio la ponía a merced de la delincuencia, por lo que prefirió dejar de exponer su vida.

“Hay veces que uno se va con dolor, quedan esos viejitos ahí sin comida”, relata Cumana, quien incluso ha quedado sin almuerzo dos de los seis días en que ha asistido. Tiene tres nietos y el comedor ha sido la única salvación para todos. En ocasiones deja de comer la ración que le suministran para dársela a los niños que la esperan en casa.

No tiene los 10 o 15 mil bolívares en efectivo para pagar transporte público. Los trayectos que está obligada a caminar se hacen largos y peligrosos para su vida. “A esta edad que yo tengo me puede dar un patatús por ahí, ni Dios lo quiera. ¿Quién me levanta? No estoy bien”.

Como rebaño

“¡Primeros los abuelos!”, exclama la encargada, quien se acerca y ordena la distribución de 10 en 10, en línea con la del comedor, sin distancia ni medida preventiva. Algunos con la mascarilla en la cabeza hablan con los compañeros que tenían cerca.

Las personas han faltado al comedor por la cuarentena, pero la asistencia sigue siendo constante, tanta que la mayoría se reconoce y bromea entre sí. La dieta de hoy es arroz con lentejas y chicha. Algunos se quejan, pero otros la encuentran deliciosa: es lo que les calma el hambre.

“La mascarilla, la mascarilla”, reclama uno de los empleados que distribuye los alimentos. La cola avanza lentamente en la hora más calurosa del día. Son alrededor de 300 las personas que asistieron hoy. La mayoría tiene alguna dificultad motriz. Alrededor de 30 ancianos dependen del bastón para sostenerse y tienen joroba, problemas al caminar o simplemente la edad ya no los permite andar bien.

Quienes reciben el almuerzo salen y ni siquiera esperan llegar a casa. Al cruzar la calle se sientan en plena acera a comer, algunos acompañados, pero en su mayoría solos. No hay problemas si no hay cubiertos. Pueden meter sus manos sucias dentro del envase para luego llevárselas a la boca.

Julián García es uno de los que no tiene problema con comer sentado en el piso. Se recuesta en un quiosco y allí tiene sombra mientras se alimenta. Hace 4 años dejó de comer tres comidas al día. Trabajaba como vigilante pero se retiró por los pocos ingresos.

La caja del CLAP llega entre dos o tres meses a su casa y alcanza para unos ocho días. Vale 100 mil bolívares, algo que le resulta muy oneroso a pesar de que se trata de comida subsidiada.

Tiene 7 hijos, de los cuales dos trabajan en un mercado. Con lo que consiguen de dinero logran comprar alimentos, pero Julián señala que no es suficiente, por lo que prefiere estar en tres transportes para ir al comedor y ser una boca menos que alimentar.

El hambre hace que madres con niños se acerquen al comedor. Mariana Curvaes es una de ellas. La situación económica la obliga a asistir al comedor. Carga una bebé de dos años, en un coche rosado, que resguarda del sol con un cartón de las cajas CLAP.

Su situación económica empeoró cuando su esposo, un trabajador del área de seguridad de la empresa Vhicoa murió a causa de una neumonía hace un año. A partir de ese momento ha tenido como sustento solo esa ayuda del comedor.

“Antes vendía tetas, galletas, ahorita a la gente le da miedo comprar”, dice Mariana, quien incluso llegó a trabajar como ayudante de servicio en casas. La grave situación económica en la que quedó luego de la muerte de su esposo, al no tener quien cuide a su hija empeora mucho más las posibilidades de tener un trabajo estable y generar ingresos.

Ricardo Gómez mantiene su mascarilla en la barbilla mientras come la ración de comida que le tocó. Es uno de los que aprovecha la sombra para comer en las cercanías del comedor porque vive muy lejos. El hambre lo hace trasladarse todos los días desde Core 8 a la UD-104 para poder comer, aunque comenta que con la cuarentena se le ha complicado la asistencia por la falta de transporte.

No tiene un trabajo fijo. Regularmente mata tigritos. Su situación con la cuarentena es aún peor. Ya le ha tocado estar varios días sin comer ni un solo bocado por lo que calcula haber perdido al menos unos 10 kilos.

El trayecto de ida y vuelta le puede tomar cinco horas pero el comedor es la única forma que tiene de alimentarse. “Con esto uno se ayuda para medio aguantar”, cierra.

Trabajadores del Comedor Popular de San Félix señalaron que los otros días la cantidad de personas es superior, pueden llegar a entregar hasta 500 y 550 platos a personas necesitadas. Admitieron que por la cantidad de personas que asisten diariamente hay un promedio de 20 ciudadanos que se quedan sin comer.

De acuerdo con los empleados del comedor ellos distribuyen unos alimentos resueltos. Indicaron que tratan de agregar en la medida de lo posible proteínas pero que para ese día no había al estar congelado el pollo.

El hambre y la COVID-19

Aunque sobre la COVID-19 no hay certezas en cuanto a índices de fatalidad, ya que varía dependiendo del país y la forma como se registre cada caso, sí se aseguró que quienes tienen mayor probabilidad de muertes son las personas mayores de 60 años.

En Venezuela este grupo es uno de los más vulnerables por los pocos ingresos monetarios, la pensión de 250 mil bolívares -menos de dos dólares- no alcanza para productos como la carne, leche o queso. Acceder a medicamentos también es complicado ya sea por la escasez o los costos.

De acuerdo con la ONG Convite, Venezuela es el peor país del continente para envejecer. Luis Francisco Cabezas, su director, indicó para mediados de 2019 que en el país hay alrededor de “unas 3 millones 800 mil personas que superan los 60 años y son una población en riesgo debido a la crisis económica, social y sanitaria”.

La malnutrición, la falta de acceso a medicamentos y las pocas garantías de salud podría generar para los ancianos mayores posibilidades de muerte de generarse contagios por la COVID-19.

Fuente: Correo del Caroní

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *